6 de enero de 2026

"El eclipse de la atención", de Amador Fernández-Savater y Oier Etxeberria (Coords.)

 


Vivir atentos en un mundo que nos dispersa

Este libro tiene una estructura clara, casi pedagógica, que conviene respetar para entender su propuesta de fondo. No estamos ante un ensayo improvisado, sino ante un conjunto de textos que giran todos alrededor de una misma preocupación: qué le está pasando hoy a nuestra atención y qué consecuencias tiene eso para la vida, la escuela y la fe.


Los coordinadores articulan el libro en tres grandes partes, que funcionan como un recorrido: diagnóstico, propuesta y aterrizaje educativo-existencial.

1. Crítica de la economía de la atención

La primera parte analiza el estado actual de la atención en nuestra sociedad. La tesis es clara y contundente: hoy la atención se ha convertido en un bien económico.

Las grandes empresas tecnológicas —Google, Facebook y todo su ecosistema— concentran la mayor capitalización bursátil de nuestra época porque no venden productos, sino atención. Todo lo que nos llega a través de las pantallas ha sido previamente filtrado, modelado y optimizado a partir de nuestros gustos, deseos y comportamientos. Somos perfiles de datos agregados a otros perfiles, y lo que recibimos de vuelta no es el mundo, sino una versión estadística y estereotipada del mundo diseñada para retenernos.

Este es el mecanismo de la llamada cámara de ecos: acabamos encerrados en un entorno donde solo vemos lo que confirma lo que ya pensamos, sentimos o deseamos. No porque alguien nos lo imponga explícitamente, sino porque el sistema aprende de nosotros y nos devuelve clichés fabricados para capturar nuestra atención de forma masiva.

Aquí aparece una idea clave del libro: el neoliberalismo no es solo un sistema económico, sino un modo de vida. El capitalismo actual no produce mercancías sin producir, al mismo tiempo, los modos de vida para los que esas mercancías tienen valor. Vivimos como vivimos porque así se sostiene el sistema.

El resultado es un sujeto de rendimiento que nunca está donde está. Siempre más allá: más allá de sí mismo, de los datos que lo miden, de los objetivos que lo empujan, de la comparación constante con los demás. Un sujeto forzado a superarse continuamente, a rendir más, a optimizarlo todo. Y en ese movimiento, el presente desaparece.

2. Las artes de prestar atención


La segunda parte del libro cambia de registro. Ya no se limita a criticar, sino que explora qué significa atender y qué tipo de experiencia humana se pone en juego cuando lo hacemos.

Una de las ideas más potentes que atraviesa estos ensayos es esta: vivir intensamente no significa vivir aceleradamente, sino vivir atentos. Vivir atentos significa estar dentro de las situaciones que vivimos, implicados en ellas. La atención aparece aquí como un arte de la presencia, la capacidad de habitar el presente en lugar de huir constantemente hacia el siguiente estímulo.

Atender no es un acto pasivo. Es una actividad, una forma de participar e interactuar con el mundo y con uno mismo. Cuando estamos atentos, nos colocamos en una posición de escucha creativa, de experimentación. Por eso los autores insisten en que la atención no se dirige tanto como se digiera: hay que sentirla, dejar que nos afecte, notar en las vísceras ese movimiento que nos inquieta.

Aquí aparece otra afirmación central:la atención no se enseña, se ejercita. No se transmite con discursos ni con consignas. Se aprende mediante el ejemplo y la práctica. Atender es aprender a esperar, a sostener la demora, a aceptar no entenderlo todo de inmediato. En este sentido, el orgullo se convierte en un obstáculo para el aprendizaje: solo aprende quien se deja “humillar” por lo que desconoce.

De ahí una formulación especialmente provocadora: hoy la inteligencia es atención, y la estupidez es distracción. No como insulto, sino como diagnóstico cultural. Pensar la muerte, dicen algunos ensayos, es indispensable si queremos repensar la vida. Porque solo cuando somos conscientes de la finitud podemos volver a habitar el presente con verdad.

3. Infancia, escuela y cuidados

La tercera parte del libro aterriza estas reflexiones en el ámbito de la infancia y la escuela, y aquí el tono se vuelve especialmente crítico. Los autores hablan de los “niños hiper”: hiperactivos, hiperconectados, hiperestimulados. Proyectamos sobre ellos nuestro propio modo de funcionar. Los queremos siempre ocupados, siempre activos, siempre aprendiendo algo útil. Actividades extraescolares, pantallas, estímulos constantes. Ni un momento libre para pensar, jugar o aburrirse.

Y aquí aparece una idea decisiva: el primer déficit de atención no es el de los niños, sino el de los adultos que están a lo suyo y no atienden a sus hijos. La infancia, recuerdan, es un tiempo para comprender, no para concluir. Sin embargo, llenamos la vida de los niños de objetos, diagnósticos y medicamentos, aplastando el deseo. Para que haya deseo tiene que haber vacío, falta, intervalo. Eso es el aburrimiento.

Apoyándose en Lacan, el libro recuerda que el aburrimiento es el deseo de otra cosa. Si lo tenemos todo, si estamos llenos y conectados todo el tiempo, no necesitamos nada. El exceso impide que aparezca el pensamiento, la invención, la creación.

Desde esta perspectiva, algunos diagnósticos de TDAH se reinterpretan con valentía: no hay una avería neurocognitiva, sino una dificultad para atender de manera sostenida a lo que los adultos quieren que se atienda. Vivimos en una sociedad hiperactiva: un solo capítulo de Bob Esponja concentra más estímulos sensoriales que varias temporadas completas de Heidi.

4. Estudiar como camino espiritual

El libro se cierra con un texto especialmente significativo, inspirado en Simone Weil, que da profundidad espiritual a todo lo anterior.

Weil afirma que la formación de la facultad de atención es el verdadero y casi único objetivo de los estudios. Estudiar no es solo adquirir conocimientos, sino entrenar una disposición interior: la atención.
Cuando una persona se aplica a un ejercicio y trata de realizarlo correctamente —aunque no le guste, aunque no lo entienda del todo— está ejercitando una voluntad indispensable para que exista un verdadero esfuerzo. En ese sentido, los estudios escolares encierran una perla por la que merece la pena venderlo todo, como en la parábola del tesoro escondido de Mateo 13, reinterpretada aquí en clave académica.

La atención, trabajada en el estudio y en las tareas cotidianas, puede convertirse en precursora de la oración. No porque el estudio sea ya oración, sino porque educa la misma facultad interior: la capacidad de salir de uno mismo para acoger lo real. Y ahí, si se le suma la fe, puede nacer el amor de Dios.

Quizá lo más importante de este libro sea recordarnos algo incómodo: lo más importante en la vida no es ser felices todo el rato, sino estar atentos a lo que estamos haciendo. En un mundo gobernado por la contingencia, solo la atención puede salvarnos. Porque atender es presencia. Y la presencia es, al final, una forma de cuidado.

Jesús M. Gallardo Nieto

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