1 de abril de 2026

Strange Houses de Uketsu - ¿Puede una casa decir más de una persona que su propia biografía?


 Literatura diferente que hace pensar de forma espacial (no es una errata)

Empecé Strange Houses con curiosidad. Sabía que era de esas historias raras que no terminas de ubicar. Durante buena parte de la lectura no me atrapó, pero tampoco me soltó. Me obligaba a mirar dos veces.

La novela juega con algo que en educación solemos ignorar: los espacios hablan. Y no hablan poco. Aquí no hay casas neutras. Cada estructura, cada rincón, cada decisión arquitectónica es una declaración. No estamos ante una historia que avance por acción o personajes complejos, sino por una idea: los espacios no esconden lo que somos, lo revelan. A veces creo que revelan demasiada dejadez, o peor reflejan que nos hemos acostumbrado a lo que vemos y no lo cambiamos. 

En la novela el ritmo es peculiar. No busca enganchar desde la tensión clásica, sino desde la sospecha. Es como en una reunión de equipo cuando alguien dice algo aparentemente normal, pero hay un detalle que no encaja. No sabes cuál es, pero ya no puedes dejar de escucharlo. La novela funciona así: más sugerencia que impacto, más pensamiento que emoción.

Leyéndola, pensaba constantemente en el colegio. En los espacios que habitamos cada día. En aulas que invitan a participar… y otras que enseñan, sin decirlo, que lo mejor es no hacerse notar. En despachos que abren conversación y otros que la cierran antes de empezar. En pasillos que generan vida… y otros que solo sirven para pasar.

Porque el tema de fondo no es la casa. Es la persona. Es cómo lo externo deja ver lo que llevamos dentro: orden o caos, apertura o control, confianza o miedo. Y eso, en educación, no es un detalle. Es estructura.

Ahora bien, el libro tiene un límite claro. Funciona mejor como concepto que como experiencia narrativa. No hay un momento que te atraviese ni una escena que se te quede. Terminas el libro con una idea, no con una experiencia.

Y eso tiene consecuencias. No es un libro que recomendaría fácilmente ni a alumnos ni a la mayoría de docentes. Es demasiado particular, demasiado apoyado en una lógica simbólica que exige al lector más de lo que le da. No es accesible en el sentido habitual.

Pero eso no lo convierte en un mal libro. Lo coloca en otro sitio. Es de esos textos que no te cambian, pero sí te ajustan la mirada. Que no te emocionan, pero te obligan a pensar. Que no te llevan de la mano, pero tampoco te dejan salir igual que entraste.

Y eso, en un entorno lleno de historias previsibles, tiene valor. La cuestión no es si la casa es extraña. La cuestión es qué partes de nosotros preferimos no mirar… y en qué lugar las hemos dejado bien escondidas para no tener que tocarlas.

Jesús M. Gallardo Nieto

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