12 de agosto de 2026

La vida se entrena cada día, Luis de la Fuente, 2026

 Libro 14/2026. La vida se entrena cada día, Luis de la Fuente, 2026


Después de las entrevistas que ha dado durante el mundial tenía mucha curiosidad por conocer a Luis de la Fuente. Entré en el libro esperando fútbol y terminé pensando bastante más en el colegio que en la selección.

Porque detrás de partidos, vestuarios, victorias y derrotas aparece una determinada manera de entender el liderazgo. Hay esfuerzo, equipo, paciencia, fe, relaciones personales y una idea que atraviesa buena parte del libro: quien dirige tiene que conseguir que los demás puedan dar lo mejor de sí mismos.

Y ahí el fútbol y la educación tienen más puntos de encuentro de los que parece.

1. El derecho a ser escuchado

«Has de ganarte el derecho a ser escuchado.»

La frase parece sencilla hasta que uno entra un lunes por la mañana en una reunión de Equipo Directivo. El cargo te permite convocar la reunión. El organigrama dice quién decide. Otra cosa bastante distinta es que las personas confíen en tu criterio.

Ese derecho se gana con coherencia, trabajo, competencia, escucha y decisiones sostenidas en el tiempo. Puedes tener despacho de director desde el primer día. La autoridad personal tarda bastante más en llegar.

2. ¿En qué puedo ayudarte?

De la Fuente afirma que el concepto de ayuda debe estar presente en todo liderazgo: «Estás para servir, no para servirte de tu posición».

Me parece probablemente la idea más potente del libro.

Dirigir un colegio implica tomar decisiones, exigir y marcar límites. También significa quitar obstáculos para que otros trabajen mejor. A veces ayudar será escuchar. Otras veces será resolver un problema organizativo, decir que no, proteger a alguien o exigirle que asuma su responsabilidad.

El liderazgo de servicio tiene poco que ver con hacerle el trabajo a los demás. Consiste en crear las condiciones para que puedan hacerlo bien.

3. El mejor jugador puede perder el partido

Otra idea aparece una y otra vez: ninguna individualidad es mejor que el equipo.

En los colegios también tenemos personas extraordinariamente competentes. El problema aparece cuando alguien empieza a pensar que su capacidad le concede una especie de exención respecto al proyecto común.

Un gran docente que destruye sistemáticamente el trabajo del equipo deja de ser tan buen docente para la organización.

Los logros importantes necesitan personas buenas y equipos sólidos. La suma no se produce automáticamente. Hay que construirla.

4. El marcador llega después

De la Fuente insiste mucho en los procesos, el esfuerzo, el sacrificio y el trabajo continuado. Estoy bastante de acuerdo, aunque aquí introduciría un matiz.

El esfuerzo no garantiza el resultado.

Podemos preparar magníficamente una campaña de matriculación y no llenar un curso. Un profesor puede hacer un trabajo excelente y encontrarse con un grupo especialmente difícil. Un Equipo Directivo puede tomar una decisión sensata que después no produzca exactamente el efecto esperado.

Eso no convierte el esfuerzo en irrelevante. Obliga a evaluar también la calidad del proceso y a aprender de lo ocurrido.

5. Perder sin convertirse en un derrotado

Me ha interesado especialmente su forma de hablar de la derrota. De la Fuente recuerda que en la vida perdemos muchas más veces de las que ganamos y plantea algo muy sugerente: naturalizar la derrota puede hacernos más libres.

En educación necesitamos trabajar mucho más esto.

Nos cuesta admitir el error. A los alumnos, a los profesores y a quienes dirigimos. Y cuando cualquier equivocación amenaza nuestra imagen, terminamos jugando demasiado a la defensiva.

Perder, equivocarse o fracasar en una iniciativa debería llevarnos a revisar qué ocurrió, aprender y volver al campo.

6. Las personas tienen nombre

Hay una pequeña confesión del libro que me encanta: cuando habla con alguien, a De la Fuente le gusta mirarle a los ojos y preguntarle cómo se llama.

Parece poca cosa.

En un colegio puede ser enorme. Te aseguro que lo vivo cada mañana, cada vez que viene alguien al colegio buscando información. Es lo que marca la diferencia. 

Las organizaciones necesitan horarios, presupuestos, protocolos, evaluaciones y reuniones. Pero quienes caminan por los pasillos tienen nombre. También tienen preocupaciones, expectativas, momentos buenos y días en los que preferirían estar en cualquier sitio menos allí.

Liderar bien exige no perder de vista a la persona que hay detrás de la función.

7. El liderazgo también va al gimnasio

Aquí aparece mi segundo matiz al libro. De la Fuente dice que el liderazgo brota de manera natural y habla de esa especie de aura que algunas personas transmiten.

Creo que existe. Todos conocemos personas cuya presencia genera confianza casi inmediatamente.

Pero el liderazgo también se aprende.

Se aprende a escuchar mejor, a comunicar, a dar feedback, a tomar decisiones difíciles, a gestionar conflictos y a reconocer un error. Quien piensa que el liderazgo depende exclusivamente del carisma corre el riesgo de dejar de entrenarlo.

Y el propio recorrido que cuenta De la Fuente demuestra, en buena medida, cuánto se construye con los años.

8. Cuando Dios no firma

Hay un último elemento que me ha interesado especialmente: la naturalidad con la que habla de su fe.

Una de las frases que recoge resume bien esa mirada: «La casualidad es el seudónimo de Dios cuando no quiere firmar».

De la Fuente habla de confianza, de tiempos que a veces no entendemos y de la seguridad que encuentra en la fe para tomar decisiones.

En dirección hay algo saludable en recordar que no controlamos todas las variables. Eso no elimina la responsabilidad ni permite sentarse a esperar. Trabajamos, decidimos, corregimos y hacemos todo lo que está en nuestra mano. Después queda también aprender a convivir con aquello que escapa de nuestro control.


Entrenar cuando nadie mira

La vida se entrena cada día me ha parecido muy recomendable, especialmente para docentes y equipos directivos.

Muchas de sus ideas no son nuevas y algunas admiten matices. Precisamente por eso me ha interesado. No las presenta desde una teoría construida en un despacho, sino desde una vida entera entrando en vestuarios, compitiendo, perdiendo, esperando oportunidades y dirigiendo personas sometidas a una enorme presión.

Al cerrar el libro me queda su título. Porque un equipo se entrena. La capacidad de levantarse también. Se entrena la escucha, la paciencia, la exigencia, el servicio y hasta nuestra manera de afrontar una derrota.

Y probablemente el liderazgo se juegue muchas veces ahí, en todo lo que hacemos cada día cuando todavía no sabemos cuál será el resultado.

Jesús M. Gallardo Nieto


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