Libro 12/2026. Recupera tu mente, reconquista tu vida, Marian Rojas Estapé, 2024
Este es de esos libros que llegan en el momento justo. No porque traiga una idea deslumbrante que nadie haya pensado antes, sino porque pone orden, nombre y criterio a algo que llevo tiempo viendo. Uno abre Recupera tu mente, reconquista tu vida y enseguida siente que le están describiendo una época. Pero, al rato, descubre algo más incómodo: también le están describiendo a uno mismo.
El gran acierto del libro está en que no se queda en la queja fácil sobre las pantallas, la prisa o la falta de concentración. Marian Rojas Estapé intenta explicar qué nos está pasando y por qué. Habla de dopamina, de gratificación inmediata, de atención secuestrada y de una vida demasiado acelerada como para detenerse a pensar. Y lo hace con un tono divulgativo que no infantiliza al lector. Se agradece. Más todavía cuando distingue con honestidad cuándo está exponiendo estudios y cuándo está formulando una interpretación personal bien argumentada.
La tesis central, si tuviera que resumirla en pocas líneas, sería esta: estamos entrenando la mente para vivir pendiente del estímulo rápido, de la novedad constante y de la recompensa inmediata, y eso tiene un coste serio en nuestra capacidad de concentrarnos, tolerar el malestar, sostener el esfuerzo y vivir con cierta profundidad. Dicho así suena fuerte, pero basta mirar alrededor para ver que algo de razón lleva.
En educación, además, el asunto no es teórico. Se toca cada día.
1. La atención ya no se puede dar por supuesta
Hace unos años uno entraba en clase dando por hecho que la atención había que despertarla. Hoy, además, hay que protegerla. Hay alumnos a los que les cuesta sostener una explicación, seguir una lectura larga o permanecer en una tarea sin reclamar un estímulo nuevo. No hablo de mala voluntad. Hablo de un modo de funcionar que se está instalando. El libro ayuda a ponerle marco a eso.
2. La gratificación inmediata educa mal el carácter
Esperar, frustrarse un poco, aburrirse incluso, sigue siendo parte del crecimiento. Y aquí tenemos un problema serio. Si todo debe ser rápido, entretenido e instantáneo, el músculo del esfuerzo se atrofia. En un colegio esto se nota mucho: alumnos que abandonan pronto, que necesitan refuerzo continuo, que toleran peor la dificultad. Educar también consiste en enseñar a atravesar el tiempo en el que nada premia todavía.
3. Las pantallas no son neutrales
Este punto me parece especialmente valioso en lo profesional. Durante años se nos vendió tecnología como sinónimo automático de mejora. Los raros hemos sido los centros que no hemos adoptado el dichoso one-to-one. La realidad ha sido bastante más compleja. El libro obliga a volver a pensar el lugar de las pantallas en la infancia y la adolescencia. No desde el rechazo simplón, sino desde la responsabilidad. Si algo afecta a la atención, al sueño, al autocontrol y al modo de relacionarse, entonces ya no estamos hablando de un detalle.
4. Las familias no son un actor secundario
Aquí el libro toca una fibra muy real. Muchas de las dinámicas que luego vemos en el aula empiezan en casa. Horarios desordenados, acceso prematuro al móvil, consumo constante de estímulos, dificultad para poner límites. Después llega el niño o el adolescente al colegio y pedimos concentración, paciencia, regulación emocional y constancia. A veces queremos recoger un fruto que nadie ha regado. Por eso este libro me parece especialmente recomendable para familias.
5. El colegio también puede fomentar dispersión
Sería cómodo echar toda la culpa fuera, pero no sería honesto. Los adultos tampoco vivimos precisamente como modelos de atención profunda. Vamos saltando de una cosa a otra, contestamos mensajes mientras pensamos en la reunión siguiente y a veces confundimos actividad con claridad. Un colegio puede pedir foco y, al mismo tiempo, funcionar desde la interrupción permanente. Conviene revisarlo.
6. Aburrirse un poco no destruye a nadie
Aquí el libro lanza una idea que convendría defender más. El aburrimiento no siempre es un enemigo. A veces es antesala de creatividad, de pensamiento y de interioridad. En educación hemos llenado tanto los espacios, los tiempos y los estímulos, que casi no queda hueco para que la mente respire. Luego nos sorprende que cueste leer, pensar o estar a solas sin ansiedad.
7. La salud mental también pasa por los hábitos
Me gusta que el libro no reduzca todo a un discurso moral. Hay una llamada a la responsabilidad, sí, pero también a los hábitos concretos: descanso, orden, límites, atención, vínculos, cuidado del cuerpo y del entorno. Esto es importante porque devuelve margen de acción. No todo depende de la voluntad desnuda. Muchas veces depende de la estructura que ponemos a nuestra vida.
8. Educar la atención es una tarea moral y pedagógica
Aquí está, para mí, el núcleo más fértil. Recuperar la atención no es solo ser más productivos. Es vivir mejor. Escuchar mejor. Estar más presentes. Relacionarnos con más hondura con los demás, con el trabajo y con nosotros mismos. En un colegio eso importa muchísimo. Si no cuidamos la atención, todo se debilita: el aprendizaje, la convivencia, la interioridad y el criterio.
Mi valoración final es clara: un libro muy recomendable. Especialmente para docentes y familias. No porque lo resuelva todo, sino porque ayuda a pensar mejor un problema que ya tenemos encima. Y porque lo hace con claridad, orden y propuestas concretas.
A veces en los colegios sucede lo que programamos. Pero muchas otras sucede lo que toleramos. Ete parece el mantra que me he dado cuenta que estoy repitiendo este verano. Y quizá una de las cosas que llevamos demasiado tiempo tolerando es una cultura de la distracción que luego lamentamos en clase. Este libro pone el dedo justo ahí.
Jesús M. Gallardo Nieto

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