¿Qué queda de nosotros cuando delegamos demasiado?
La inteligencia artificial ya está entrando en nuestras casas, trabajos, escuelas y conversaciones, pero todavía estamos a tiempo de decidir cómo queremos utilizarla.
León XIV sitúa la cuestión en el terreno adecuado: la pregunta principal no consiste en averiguar hasta dónde puede llegar la tecnología, sino qué humanidad queremos construir con ella.
La encíclica, firmada el 15 de mayo de 2026 y promulgada diez días después, continúa la tradición de la Doctrina Social de la Iglesia y la aplica a uno de los grandes cambios de nuestra época: la expansión de la inteligencia artificial. El texto evita tanto el entusiasmo ingenuo como el rechazo automático. La tecnología puede mejorar la vida, ampliar oportunidades y aliviar tareas, pero también puede concentrar poder, aumentar desigualdades y debilitar capacidades humanas fundamentales.
Esta es, para mí, una de sus grandes virtudes. No plantea una batalla entre personas y máquinas. Propone un criterio: proteger la dignidad humana y orientar la innovación hacia el bien común.
1. Entre Babel y Nehemías
La encíclica comienza con dos imágenes bíblicas que ayudan a entender el desafío. Babel representa un proyecto basado en la uniformidad, la concentración del poder y la pretensión de dominarlo todo. Nehemías, en cambio, reconstruye las murallas de Jerusalén convocando a una comunidad en la que cada persona se responsabiliza de una parte.
La imagen resulta especialmente sugerente para una escuela. Ante la IA, no sirve esperar que otro resuelva el problema. Equipos directivos, docentes, familias, administraciones y empresas tecnológicas tenemos nuestro tramo de muralla.
2. Una tecnología sometida a examen
La inteligencia artificial no es neutral. Su diseño incorpora decisiones, intereses, datos y concepciones sobre la persona y la sociedad. Por eso, utilizar una herramienta para un fin aparentemente bueno no resuelve todas las preguntas éticas.
Tenemos que conocer qué datos utiliza, qué sesgos puede reproducir, quién controla sus resultados y qué consecuencias tiene su introducción. En un colegio, adoptar una plataforma porque ahorra tiempo, está de moda o prepara presentaciones bonitas es un criterio bastante pobre.
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3. Parecer inteligente no equivale a comprender
León XIV distingue con claridad la inteligencia humana de los sistemas que procesan datos. Una IA puede producir textos, responder preguntas, simular empatía y manejar una cantidad de información inalcanzable para una persona. Sin embargo, no tiene cuerpo, biografía, conciencia moral ni experiencia interior.
No conoce la alegría de ver progresar a un alumno. Tampoco la incomodidad de una tutoría difícil, el peso de una decisión injusta o la paciencia necesaria para recomponer una relación. Puede generar palabras de cuidado, pero no cuida. Esta diferencia debe permanecer clara cuando la tecnología entra en espacios educativos o de acompañamiento.
4. La facilidad también tiene un precio
El número 100 me parece uno de los pasajes más certeros del documento. La encíclica advierte sobre tres riesgos: la facilidad para obtener resultados, la apariencia de objetividad y la simulación de la comunicación humana.
La respuesta inmediata puede ser útil, pero también puede acostumbrarnos a delegar. Cuando dejamos que una herramienta piense, redacte, seleccione y decida siempre por nosotros, quizá ganemos minutos mientras perdemos criterio. Y el criterio profesional se deteriora con bastante discreción: uno no recibe una notificación que diga «su capacidad de pensar por sí mismo está a punto de caducar».
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5. Educar también consiste en saber parar
Uno de los grandes aciertos de Magnifica humanitas aparece cuando vincula educación y renuncia. Educar en inteligencia artificial exige enseñar cuándo utilizarla, para qué utilizarla y cuándo conviene dejarla fuera.
Este criterio debería formar parte de cualquier plan de IA escolar. Hay tareas en las que puede ayudar a explorar, organizar, adaptar o contrastar. En otras, el esfuerzo personal, la escritura propia, la lectura detenida o la conversación cara a cara constituyen el aprendizaje mismo. Ahorrar ese esfuerzo equivale a eliminar una parte del proceso educativo.
6. La escuela como lugar de atención
La encíclica reclama una verdadera higiene de la atención. Habla de silencio, estudio reflexivo, lectura y análisis pausado. Su propuesta va a contracorriente de una cultura que confunde rapidez con eficacia.
La escuela no debería competir con las plataformas para ver quién ofrece más estímulos por minuto. Tiene que proteger otros ritmos. Una clase en la que alguien sostiene una pregunta difícil, lee varias páginas sin cambiar de ventana o escucha a un compañero sin mirar una pantalla puede parecer poco innovadora. Sin embargo, ahí se están construyendo libertad interior y pensamiento propio.
7. Tiempo compartido y relaciones fiables
La frase que más me ha acompañado después de la lectura afirma que la escuela está llamada a ofrecer «tiempo compartido para aprender y relaciones fiables».
Ese puede ser el criterio más importante para evaluar cualquier innovación educativa. ¿La herramienta mejora el tiempo que compartimos? ¿Ayuda al docente a acompañar mejor? ¿Fortalece la relación o crea una apariencia de atención personalizada?
La tecnología debería liberar tiempo para mirar, escuchar y acompañar. Si termina llenando cada minuto disponible con nuevas tareas, informes y datos, habremos automatizado procesos sin mejorar la educación.
8. Cada uno tiene su tramo de muralla
La encíclica no permite refugiarse en la excusa de que las grandes decisiones corresponden a gobiernos y empresas. Las necesitan, por supuesto. Hacen falta regulación, vigilancia independiente y formación. Pero cada institución tiene responsabilidad sobre su ámbito.
En el colegio debemos acordar criterios compartidos, formar al profesorado, enseñar al alumnado a verificar la información y establecer límites claros. No basta con permitir o prohibir aplicaciones. Hay que explicar qué capacidades queremos desarrollar y qué tipo de persona deseamos educar.
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Una encíclica para pensar antes de delegar
Magnifica humanitas me parece una obra muy recomendable para docentes, equipos directivos y cualquier persona interesada en comprender el momento tecnológico que vivimos. No ofrece un catálogo de herramientas ni recetas para utilizarlas. Hace algo más necesario: proporciona criterios para reconocer cuándo una innovación sirve a la persona y cuándo comienza a reducirla.
La cuestión decisiva no será cuántas tareas consiga hacer la inteligencia artificial por nosotros. Será qué seguimos siendo capaces de hacer, pensar, decidir y cuidar personalmente.
La escuela tiene aquí una responsabilidad concreta. Puede enseñar a usar la tecnología con competencia. También debe preservar aquello que ninguna máquina puede entregar: una comunidad donde haya tiempo para aprender, relaciones en las que se pueda confiar y adultos dispuestos a responder por su tramo de muralla.
Jesús M. Gallardo Nieto




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