¿Y si hacer menos nos permitiera pensar mejor?
Hay libros que uno termina y sigue leyendo durante varios días sin abrirlos. Vida contemplativa me ha pasado eso. Cerré sus páginas y empecé a encontrar a Byung-Chul Han en la bandeja de entrada del correo, en el móvil, en una reunión, en un claustro, en la prisa por contestar y hasta en esa extraña satisfacción que sentimos algunos cuando terminamos el día agotados y pensamos: «Hoy sí que he hecho cosas».
Y ahí empieza el problema.
La tesis de Han resulta incómoda porque toca uno de los dogmas de nuestro tiempo: vivir parece haberse convertido en producir, rendir, comunicar, responder y mantenerse permanentemente ocupado. Incluso el descanso termina teniendo una función productiva. Descansamos para volver a rendir.
Frente a ello, Han reivindica la contemplación, el silencio, la espera, el tedio y esa actividad aparentemente sospechosa que consiste, sencillamente, en no hacer nada.
1. Estar ocupado no garantiza estar pensando
Hay días en un colegio en los que puedes encadenar una reunión, tres incidencias, veinte correos, una familia, dos llamadas y un problema de convivencia. A las seis de la tarde has hecho muchísimo.
La pregunta incómoda es otra: ¿cuánto has pensado?
Una institución educativa necesita personas capaces de actuar, pero también tiempos donde las decisiones puedan madurar. La urgencia permanente acaba convirtiendo la reacción en nuestro modo habitual de gobierno.
2. El silencio también educa
En nuestras aulas parece que cualquier segundo vacío tiene que ser rellenado.
Una explicación, una pantalla, una actividad, otra pregunta, un vídeo. Nos inquieta el silencio porque pensamos que durante ese tiempo «no está pasando nada».
Quizá ocurre exactamente lo contrario.
Aprender exige momentos en los que una idea pueda quedarse quieta delante de nosotros. Leer despacio. Pensar antes de responder. Escuchar sin preparar inmediatamente la réplica.
3. El aburrimiento tiene mala prensa
Han recupera una intuición que hoy resulta casi revolucionaria: del tedio puede surgir algo nuevo.
Lo hemos expulsado de la infancia. Un niño aburrido parece plantearnos un problema que debemos resolver rápidamente con una actividad, un dispositivo o una propuesta.
Quizá deberíamos resistir un poco más.
La creatividad necesita espacios todavía sin ocupar. Si llenamos todos los huecos, terminaremos educando personas capaces de consumir estímulos, pero con dificultades para generarlos.
4. Mucha información y poca orientación
Esta parte me parece especialmente certera.
Nunca habíamos tenido acceso a tanta información y, sin embargo, disponer de datos no equivale a comprender la realidad. Podemos saber muchas cosas y seguir sin saber qué hacer con ellas.
Esto afecta directamente a la educación digital. Nuestro trabajo ya no consiste principalmente en proporcionar información. El alumno la tiene en segundos. Necesita aprender a seleccionarla, relacionarla, interpretarla y convertirla en criterio.
5. Estar conectados tampoco garantiza estar vinculados
Tenemos grupos, plataformas, redes, notificaciones y canales para prácticamente todo.
Y podemos comunicarnos muchísimo sin escucharnos.
Esta observación de Han merece entrar en cualquier reflexión sobre convivencia escolar. Una comunidad se construye con presencia, atención, conversación y tiempo compartido. Si toda relación queda sometida a la disponibilidad inmediata, terminamos tratando también a las personas como algo accesible bajo demanda.
6. Antes de decidir, dejar reposar
Esta idea me la llevo directamente al liderazgo.
No todas las decisiones mejoran porque se tomen antes. Algunas necesitan una noche, una conversación, una caminata o simplemente unas horas sin tocarlas.
En dirección existe una tentación permanente de solucionar. Alguien plantea un problema y sentimos que debemos producir inmediatamente una respuesta. Hay situaciones en las que el mejor servicio consiste en escuchar, esperar y permitir que aparezca una perspectiva que la urgencia estaba ocultando.
7. Educar la atención puede ser una tarea central
Una de las preguntas que me deja el libro es profundamente educativa: ¿estamos enseñando a prestar atención?
Atender exige renunciar durante un tiempo a otros estímulos. Requiere silencio, paciencia y una cierta capacidad para quedarse delante de algo sin pasar inmediatamente a lo siguiente.
Quizá algunas de nuestras dificultades educativas tengan menos que ver con la falta de información y más con la incapacidad creciente para permanecer.
8. Acción y contemplación tienen que volver a encontrarse
La frase que mejor resume el libro para mí es esta:
«La vida activa sin la vida contemplativa es ciega».
No quiero un colegio paralizado contemplando la realidad mientras los problemas se acumulan en el pasillo. Tampoco quiero uno en el que correr de una tarea a otra termine considerándose una virtud profesional.
Necesitamos acción con pensamiento. Tecnología con criterio. Información con relato. Comunicación con escucha. Trabajo con momentos en los que dejamos de producir para volver a mirar.
Vida contemplativa me ha parecido imprescindible. Hay capítulos exigentes, especialmente cuando Han dialoga con Heidegger y Hannah Arendt, y un cierto bagaje filosófico ayuda bastante. Por eso lo recomendaría especialmente a lectores interesados en filosofía y pensamiento contemporáneo.
Pero merece el esfuerzo.
Porque quizá nuestra época haya aprendido a acelerar mucho antes de preguntarse hacia dónde iba.
Y, de vez en cuando, conviene levantar el pie.
Jesús M. Gallardo Nieto

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